[…] El dolor comenzaba su obra roedora. Iván Illich escuchaba y procuraba alejar la idea de la muerte. Pero esta se erguía ante él y lo miraba. Iván Illich se quedaba petrificado; se apagaba el brillo de sus ojos y empezaba a preguntarse de nuevo: ¿Será posible que sólo ella sea la verdad? […]
(La muerte de Iván Illich. León Tolstoi. Ed Aguilar p. 811)
[…] Había una cosa muy equeña en el ciego. Aquello podía arreglarse. Era preciso aumentar la energía de un órgano, debilitar la actividad de otro; y se produciría una absorción con/o que todo se normalizaría […]
(La muerte de Iván Illich. León Tolstoi. Ed Aguilar p. 811)
[…] ¡El intestino ciego! ¡El riñón! No se trataba del intestino ciego ni del riñón, sino de la vida y … de la muerte […]
(La muerte de Iván Illich. León Tolstoi. Ed Aguilar p. 811)
En los párrafos citados de la obra de Tolstoi, se han colocado alternativamente las expresiones del paciente, representadas por la primera y la tercera, y la expresión del médico colocada en el centro.
Aún cuando el contexto en el cual se refieren los dos personajes a los hechos es distinto, está claro que se trata de una misma cosa, el cáncer del colon de Iván Illich. Es posible hablar de lo mismo de dos maneras diferentes. Los dos personajes utilizan el lenguaje de una forma distinta para describir los mismos hechos.
En estas formas de referirse a lo mismo, hay un sentido que puede llamarse literal y el otro que pudiera llamarse metafórico en tanto no se adhiere a lo que es objetivable por la razón en la situación descrita y, sin embargo, sabemos en ambos casos y con exactitud a que se refieren las palabras.
Esta realidad, la de un lenguaje que es capaz de sobrepasar el significado literal de las palabras, resulta extraña a nuestra medicina tecnológica, terriblemente influida por un racionalismo que solo reconoce lo que puede ser atrapado por las matemáticas o por la lógica.
Dentro de ese racionalismo, la medicina a partir de Bichat y llevada a la plenitud de su desarrollo por Laenecc ha quedado aprisionada por la visión anátomo-clínica, la cual exige una lesión, bien manifiesta a los sentidos o bien sea que exija el análisis de moléculas o de átomos. La enfermedad se reduce a 10 mensurable o a lo pensable, más allá solo caben la ignorancia o los prejuicios del paciente o de su medio ambiente.
Nuestra visión del mundo pretende que la enfermedad solo cabe en el significado literal de las palabras, que la vida y la muerte no pasa de ser un funcionamiento de órganos, y sin embargo, cuando el juez de la novela de Tolstoi se refiere a ellas, sabemos que no nos habla de órganos ni lesiones, sino que tenemos la certeza de que nos está hablando de algo que siente en las profundidades de su alma y que cuando las expresa, está sobrepasando las limitaciones que la ciencia le impone a la vida y a la muerte.
Esas expresiones raigales de la naturaleza humana, cuando aparecen en el campo de las creencias, se expresan en los ritos y cuando aparecen en el campo del sufrimiento se expresan en la queja. Pero la forma más elaborada de expresar ese contenido profundo que aparece espontáneamente en el lenguaje, es la metáfora que incorpora en la espontaneidad la elaboración de la razón, pero la supera; se coloca por encima de lo meramente racional, para poder dar cabida a todo el contenido de la naturaleza humana.
La presencia de los contenidos raigales de la naturaleza humana, que han recibido en ciertas psicologías el nombre de arquetipos y que pueden llamarse de una manera más simple, formas características y propias del ser humano, han sido un elemento que se ha reconocido como una presencia que se hace más expresiva en la enfermedad, pero no siempre ha sido estimada en la práctica médica y mucho menos en el manejo del cáncer.
Sin embargo, la oscuridad de la naturaleza de los tumores, no solo para el enfermo sino también para el médico, los hace recurrir a expresiones del lenguaje que van más allá de los significados literales y las historias clínicas comienzan a llenarse de metáforas muy a pesar del cientifismo de la oncología que pretende ser una de las ramas más tecnológicas de la medicina.
La psicología ha sido condescendiente con esos contenidos raigales, tal vez por la vinculación que siempre se hace de los sentimientos con el alma, y fue así que para encontrar esa raigambre del hombre y su enfermedad con la organización de la realidad, se recurrió al Psicoanálisis, con el que se demostraba la vinculación de las neurosis con el orden del Universo en el que se había conformado la biografía del paciente, pero ésta asociación puede encontrarse en todas la enfermedades, y las encontraremos cuando prestemos atención a las metáforas.
Cuando se usa la metáfora, se está traspasando el significado convencional de las palabras, pero no se necesitan explicaciones ni aclaratorias para saber a lo que cada una de ellas se refiere cuando son utilizadas. Hay una especie de intuición que nos aproxima al significado metafórico y que nos permite comprenderlo mas allá de la literalidad de las palabras.
Cuando el enfermo habla de la corrosión que le provoca el dolor, del avance insidioso del tumor que le va ocupando la vida, él sabe que lo que está expresando no es textual, pero también sabe que quién lo escucha lo comprende.
La enfermedad tiene dimensiones que no caben en la ciencia y que necesitan ser expresadas más allá de los hallazgos de los médicos y de las palabras con las que se caracterizan los síntomas. Estas dimensiones son la expresión de lo que en la naturaleza humana sobrepasa, lo que puede ser objetivado.
No podemos evadir en la enfermedad lo que puede ser puesto en evidencia de una manera científica, porque también estaríamos rechazando planos que le corresponden, y para ello tenemos que atender a la eficiencia del instrumental, pero no podemos rechazar las expresiones espontáneas del lenguaje metafórico con las que el paciente nos aproxima a su naturaleza, porque estaríamos comprendiendo una enfermedad fragmentaria e incompleta.
El hombre es una totalidad que sobre pasa su a propia conciencia y a su propia existencia. El método científico es solo una expresión muy limitada de esa inconmensurable realidad. Es por ello que, cuando intentamos reducir los planos de la extensión humana, esta se nos escapa en el lenguaje a través de la metáfora.
